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domingo, 17 de marzo de 2024

 LAS COMILLAS 

Cuando decimos una frase de otro “sacamos sus trapitos al sol”, por eso las comillas se parecen a las pinzas con las que detenemos la ropa en el alambre del tendedero. Las comillas detienen por los hombros estas frases que pertenecen al discurso de otro; tienen que detenerlas porque, si no, se irían, regresarían a donde pertenecen; en donde estarían más cómodas sin esos ganchitos pellizcándoles el alma; donde podrían fluir sin detenerse. Las comillas nos salvan de la locura; nos protegen de la pérdida de identidad. Sin ellas, confundiríamos a la persona con el personaje y andaríamos por el mundo repitiendo frases de Moliere, creyendo que surgieron de nuestro ronco pecho. Pensaría que a mí se me ocurrió esa idea heideggeriena o que usted acuñó por primera vez un refrán popular. Como quien dice, porque las comillas siempre son “como quien dice”, creeríamos que descubrimos el hilo negro. Pero las comillas nos regresan a nuestra mediocre realidad y alivian esa tendencia que tenemos los seres humanos a ser impostores; las comillas nos permiten, si acaso, impostar la voz y decir la frase con tono operístico, o simplemente en otro tono, porque está oído que las comillas cambian el tono musical, así que de alguna manera satisfacen esa necesidad histriónica de convertirse en otro, pero sin disolver los límites del Yo. Las comillas son sutiles, maliciosas, irónicas. Salpican por los dos lados de picardía a la palabra. Con sus deditos juguetones hacen el ademán para que el lector sepa que eso que se dice no es eso que se dice. O que se dice, sí, pero que existe otro sentido atrás, que no se dice, y que tal vez es un sentido contrario. O sea que las comillas hacen presente un discurso secreto. Con sus ganchitos nos indican que esa palabra es un telón que descorrer, y que detrás está la verdadera.


Carmen Villoro

viernes, 26 de febrero de 2021


No había visto de frente los ojos de estos hombres y mujeres de estos niños y ancianos. No había visto sus ojos. No había visto sus manos. No había visto soldados de un ejército armados con dos palos de madera un mar de niños grandes y de ancianos pequeños aún más grandes formados ante mí que no soy nadie dándome la bienvenida, haciendo valla para que pase hasta su casa. Yo que vengo del desconocimiento yo que vengo de la indiferencia miro a los sin rostro, cientos de ellos desplegados ante mí como un oleaje. Carmen Villoro Liquidámbar

domingo, 19 de agosto de 2018

Me extraño,
en el doble sentido
del asombro y la nostalgia.


Carmen Villoro

jueves, 26 de enero de 2017

“LEER A LOS AMIGOS”
Por Nivardo Trejo
#CarmenVilloro


            Dice Carmen Villoro en el prefacio de LEER A LOS AMIGOS que “la presentación de un libro es una acción eminentemente afectiva” y yo lo suscribo aquí ahora mismo. Desde que Carmen Villoro abrió mi clase de Literatura Contemporánea y Sociedad con su texto poético Obra negra, en el verano del 2011, ella y yo comenzamos una intensa y hasta íntima amistad, aunque se esté apenas ahora enterando. En aquel momento ella me dijo al oído que “las palabras que nunca llegaron a la última versión tal vez eran mejores [porque] Tienen la gracia de las cosas perdidas: la puerta que no abrimos, el amor olvidado”. Luego nos vimos la cara en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en el 2015, entre la demasiada gente nos dimos un abrazo y se fue a leer sus poemas incluidos en la Antología General de la Poesía Mexicana de Juan Domingo Arguelles. En aquel fastuoso momento yo empecé poco a poco a, lo que ella llamaría, “Memorizar lo que no fue [a] recordar lo que será”. Por eso suscribo que presentar un libro es una acción afectiva: en pasado y en futuro. 

De mi lectura de LEER A LOS AMIGOS me nace una pregunta y luego otra: ¿De qué sensibilidad proviene un libro que contiene textos que hablan de otros libros y de otros autores? ¿Acaso no es éste un gesto de humildad y de puro goce por compartir? Me siento en medio de un proceso narrativo que imbrica a otras narraciones de forma análoga a LAS MIL Y UNA NOCHES de Abu Abd-AllahMuhammad, o bien, a INCEPTION [El origen] de Christopher Nolan. De repente me encuentro leyendo la ágil y poética pluma de Carmen Villoro y al mismo tiempo conozco y reconozco a Hugo Gutiérrez Vega, a Jorge Esquinca, Mónica Ornelas o Ricardo Yáñez. 

LEER A LOS AMIGOS funciona como una ventana, un anzuelo o un trampolín. En los tres casos lanza al lector por todo lo alto y lo lleva a encontrarse con otros universos narrativos, diferentes sensibilidades, distintas propuestas. Es una suerte de hipertexto que le propone al lector elegir su camino de entre varios posibles. Así pues, tú lector, puedes tomar atajos o trayectos más largos, puedes elegir al azar o puedes seguir la ortodoxa práctica de ir de la mano del índice.  Puedes hacer prácticamente lo que quieras. Hasta dejar de leerlo y regresar sin preocupaciones para continuar con nuevas rutas. 

LEER A LOS AMIGOS es un artilugio que dialoga con las nuevas formas de enfrentarse a un texto. Comparte características con el relato digital, por ejemplo: Vincula autores, inserta textos originales, manipula conceptos, genera hipervínculos. Sólo falta darle un clic a alguna palabra para que se abra de manera tridimensional su definición. De esta manera, las letras de Carmen Villoro funcionan como un laberinto de 57 puertas que abren posibilidades y pasadizos secretos. ¡Qué fascinante libro análogo, pero con espíritu digital!

Carmen Villoro en su afán alquímico presenta en frasquitos como capítulos, invitaciones seductoras, caricias textuales, guiños provocadores hacia la obra de sus amigos. 
A través de esta mística, tú lector-lectora, vas a enterarte que VENIR DEL AGUA, texto de Karla Santodomingo “es un oleaje preciso que baña el interior y rompe en la orilla del lenguaje”. Que “Elenita [Elena Méndez] busca por primera vez en la vida el bien para sí misma” con su texto BOTANA VIRIL. O bien, encontrarás que el tema de ‘los amigos’ aparece en BUSCADO AMOR de Hugo Gutiérrez Vega y que junto con la idea de El “nosotros” son constantes en la poesía del autor, y como muestra un botón:
Éramos pequeños frutos
Demasiado verdes 
Y ya desprendidos de las ramas.

Éramos grandes preguntas 
Absortas en la noche.

Éramos el rescoldo de la hoguera,
Los enrojecidos restos
De una antorcha.

Y Así, andar con la mirada y los sentidos expuestos, las presentaciones que Carmen Villoro hizo para sus amigos, es hacer un road-trip por la carretera de 20 años de su escritura, de su poética, de su proceso creativo, de los giros de su lenguaje. Leer su prosa es como hacer una carrera xtrail. Es decir, “correr fuera de pista” de la pista del poema y enfrentarse a senderos de montaña, huellas, rastros o caminos secundarios. Yo que soy un lector intrépido, o de eso al menos me jacto, leer el devenir de la escritura de Carmen Villoro ha sido cruzar arroyos y ríos, con grandes trepadas y abruptas bajadas.  

No quisiera ser un ‘spoiler’ del contenido, los textos o los autores que incluye esta obra. Quiero ser lo que ella fue para sus amigos: un puente, una enramada o un par de alas, para llevarlos a ustedes lectores, a formar parte de este andamiaje de amistades que saben de los placeres de compartir la literatura. 


martes, 24 de enero de 2017


Silvia Ruiz Tresgallo 

Universidad Autónoma de Querétaro 
Doctora en letras hispánicas por The Pennsylvania State University 
Otoño 2016, Querétaro, México
Presentación del libro Leer a los amigos 
de Carmen Villoro 
#CarmenVilloro

La colección de reseñas y notas introductorias Leer a los amigos (2015) de Carmen Villoro celebra el resultado de “veinte años de amistad y lectura” (7). Villoro pasea por los comentarios y presentaciones realizadas por ella misma sobre las obras de sus colegas de profesión, los creadores que como ella practican el ejercicio reiterado de la escritura y, por qué no decirlo, de la lectura. En esta recopilación compleja y fascinante, la poetisa y narradora mexicana nos acerca a la obra de Ricardo Yáñez (el cual aparece al principio y al final de este libro), Virginia Arreola Zúñiga y Jorge Esquinca, entre otras muchas voces. Carmen Villoro, creadora y psicoanalista, nacida en ciudad de México, pero afincada en Guadalajara, recorre caminos formados por un mundo de letras y afectos en un diálogo en que los textos y no los autores (como ella misma indica) hablan entre sí. Esta colección, rica en matices sensoriales, envuelve al lector en el lenguaje hipnótico y extrañamente cotidiano de un pasado constituido por aquellos pasajes que se han recorrido ya, pero que al ser unidos por primera vez en un solo volumen, adquieren nueva vida y presencia.

Cuando las escritoras Aurora Velasco y Kikey Trejo me invitaron a realizar esta presentación sobre una autora que escribe sobre otros escritores no pude evitar pensar en uno de los conceptos de Roland Barthes, “La muerte del autor.” Si como argumenta el filósofo y ensayista francés la escritura es un lugar neutro donde acaba por perderse toda identidad. Si la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, y éste ya no puede ser personal. Si el lector es ese destino del texto que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. ¿Qué sucede cuando el lector es al mismo tiempo creador? ¿Cómo influye la práctica del ejercicio escriturario al acercarse a las obras de quienes comparten tal labor? Estas disquisiciones, que quizás me afectan particularmente por ser académica, me llevaron a pensar no tanto en el análisis del libro en sí, sino en el acercamiento del creador, aquel que como Carmen conoce los recovecos, problemáticas y glorias del espacio en blanco.

Desde un principio, Carmen Villoro, se posiciona como autora y no como crítica. Su objetivo no es juzgar o calificar la labor del otro. Todo lo contrario, la escritora mexicana pretende contagiarnos de un hechizo del que ella misma es víctima, y este encantamiento no es otro que la fascinación por la lectura. Este sentimiento quijotesco que probablemente compartimos muchos y muchas de los que nos encontramos hoy aquí, la lleva a un objetivo, el de abrirse a una experiencia emocional que contagie al público. 
Sin duda, Leer a los amigos, logra crear puentes imaginarios en que el lector, que de alguna forma somos todos, explora y participa en un diálogo incesante que construye el texto. A lo largo de las reseñas, la autora se nos revela en distintos cuerpos y pieles que forman parte de su identidad. 

La lectura de la Carmen Villoro psicoanalista resulta una presencia permanente ya que se nos manifiesta como una ávida lectora de emociones. Por ejemplo, mientras reflexiona sobre la obra de Ricardo Yáñez en su reseña “Dejar de ser” afirma llegar a comprender la razón para la tristeza del poeta a través de la conmoción que provoca en el autor su propia voz. Como expresa la narradora: 

Ricardo Yáñez llora. Sus amigos nos angustiamos, nos preocupamos, le regalamos amuletos, le hacemos postres. Nada funciona. ¿Por qué llora Ricardo? Después de algún tiempo de conocerlo he llegado a la conclusión de que Ricardo no llora por tristeza, mucho menos por vanidad. Como buen poeta clásico, el creador se conmueve no ante sus propias palabras, sino ante la presencia insólita de la poesía en su voz. Podríamos decir que el árbol se deshoja. O con mayor precisión: que se da cuenta de que es árbol, y se deshoja. (11) 

En el caso del “Elogio del libro” dedicado a Jorge Esquinca, se nos desvela la Carmen lectora compulsiva que entiende el texto literario como un viaje lleno de aventuras sorpresivas e inesperadas. La autora asegura con rotundidad: 

TODO LIBRO ES UN LIBRO DE AVENTURAS. Se trate de un ensayo, de un conjunto de poemas, de una novela policiaca, de un cuento de hadas. El lector que abre la primera página se convierte de inmediato en el protagonista a quien las imágenes y las palabras le irán presentando una serie de desafíos que él, acompañado del amuleto de la curiosidad y de la buena estrella que otorga el abandono, irá venciendo. En su volumen de ensayos poéticos Elogio del libro, Jorge Esquinca le da una categoría sublime al ejercicio de la lectura, al que, junto a Michel Tournier, considera “un milagro” y le devuelve al lector su lugar justo: él es el otro autor sin el que el libro no existe verdaderamente. El elogio de la lectura es un acto de gratitud. Todo escritor ha sido un buen lector. (71) 


Aludiendo de forma indirecta a Barthes, Carmen Villoro nos descubre una verdad suprema: el lector resulta finalmente el otro autor del texto sin el cual la palabra pierde voz y sentido. Es decir, siempre hay un texto a la búsqueda de un lector. Quizás, a nivel personal, la reseña más emocionante y conmovedora resulta la dedicada a las escritoras queretanas e intitulada “Nosotras y las palabras”. Carmen Villoro corrobora un hecho que los que tenemos el privilegio de vivir en esta ciudad conocemos hace tiempo: “en Querétaro hay mujeres que escriben” (127). Como expresa el lenguaje de Villoro, los textos de estas damas se inspiran en la observación y la práctica de la cotidianidad en un territorio conocido pero a veces hostil. Podríamos decir que las escritoras son también soldados que desde su trinchera luchan por conquistar un tiempo que ⎯ debido a las responsabilidades familiares, laborales y comunitarias ⎯ parece no pertenecerles por pleno derecho. La escritura se convierte entonces en un tipo de burbuja temporal que permite a la mujer crear su propio espacio para recuperarse a sí misma, confrontar sus traumas y sanar las heridas. La celebre autora se identifica con sus compañeras al declarar: 

 Las imagino escribiendo sus textos ⎯ como yo escribo ahora ⎯ en la mesa de la cocina, mientras los hijos duermen; o en un café escuchando la lluvia que moja a los transeúntes; o apuntado una idea, un verso, alguna imagen, en la nota del súper o atrás de una receta, como lo hacía Emilie Dickinson, robando pedacitos de tiempo a las responsabilidades del trabajo, aplazando la ida a la tintorería, rescatando el espacio de espera del amante que nunca llegó, traicionando los compromisos sociales del marido. Escriben como pueden, cuando pueden, se inspiran en el tráfico, en la sala de espera del doctor, en las cicatrices de la ciudad que recorren diariamente, en la cama insomne y solitaria. Escriben porque la escritura es una herida que drena otras heridas, porque han descubierto que la palabra es una forma de dar imagen a lo vivido y de dar vida a lo imaginado, porque saben que la literatura es una mejor manera de habitar el mundo. (127) 

Aquí vemos a una Carmen comprometida con el género y con la labor de las mujeres escritoras que debido a sus cargas profesionales y familiares arañan horas al sueño y a los quehaceres diarios para verse a través de sus propios ojos por medio de la creación literaria. 

En resumen, Carmen Villoro ofrece una colección de reseñas que transporta al lector a mundos literarios, los de sus amigos y colegas de profesión. Sus notas poseen una gran variedad temática acompañada de una reseñable calidad técnica. La creadora y psicoanalista captura en sus comentarios espacios recuperados que hablan entre ellos en un dialogo abierto que debe continuar el lector. El mundo de los afectos, la cotidianidad y la autorreflexión ⎯ sobre la labor tanto del escritor como del lector ⎯ producen el tejido que hila gran parte de los relatos. El estilo de Villoro es impecable, con el uso de un lenguaje sencillo y asequible pero con metáforas e impresiones de gran profundidad. Sus reseñas, organizadas y escritas de forma magistral, no desaparecen una vez leídas sino que dejan una huella y abren un espacio para la introspección. El lector queda hechizado y saborea cada palabra como un dulce exquisito que se deshace lentamente en el paladar.

viernes, 19 de agosto de 2016

En tierra caliente la nieve llega en copos de colores. Sobre barquillos de galleta, la mirada esquía. No hay lagos de hielo firme, pero la lengua patina sobre duros bloques de limón. Aquí la nieve no cubre calles y tejados, se concentra en vasos donde los reflejos se tiñen de grosella. Las nevadas caen sobre todo los domingos y en los parques; los niños forman con los labios muñecos de aguapluma, los novios se convidan volcancitos de fresa y chocolate. Nieva casi siempre en primavera, cuando los habitantes tienen ganas de beberse el paisaje.




Carmen Villoro
#CarmenVilloro

miércoles, 20 de abril de 2016


Los problemas son como los mosquitos. Durante el día se esconden en la oscuridad del clóset, pero en la noche salen, cuando el bullicio cede su lugar al pensamiento. Inician su vuelo impredecible, dibujan en el aire rutas de ansiedad. Su zumbido es un recordatorio; su aguijón capaz de atravesar tu sueño. No hay repelente, veneno que aniquile a estos insectos. Han de dejar su roncha, su toxina, su comezón ardiente, mientras no te decidas a darles un almohadazo.


Carmen Villoro

jueves, 14 de abril de 2016


A vuelta y vuelta, el algodonero fabrica nubes color rosa, jirones de azúcar que se esponjan alrededor de una varita de madera. Los niños juegan a comerse el viento. Dulces efímeros, qué parecidos a los besos, dejan también la boca enrojecida y se deshacen en los labios presagiando ausencias.




Carmen Villoro

miércoles, 13 de enero de 2016


Le quieres dar orden al caos armando el rompecabezas. Quieres entender por qué comenzaste en esa esquina, cómo fue que las piezas se ofrecieron dóciles en una parte e inabordables en el otro extremo. ¿Desistirás por fin de tu empeño en colocar la pieza equivocada? Deja que tu alma repose, cambie de ángulo, mire a la distancia, y entonces descubra nuevas rutas. Al final tendrás que tolerar las heridas blancas sobre el dibujo acabado, los fragmentos que desaparecieron, los asuntos que siempre quedarán pendientes.



Carmen Villoro
del libro Jugo de Naranja

viernes, 28 de agosto de 2015

Quiero escribirte un verso,
amor,
como una espada,
como un vuelo de palomas
inquietas en el pecho;
un verso como junio, 
como esta madrugada,
un verso que te palpe y que me rompa
un verso que te tiemble en la mirada.


Carmen Villoro
"Junio"

martes, 30 de julio de 2013


Sufro el mar de la calle...

Sufro el mar de la calle. La distancia que separa las llamas de tu coche que da vuelta  en esa esquina para siempre otra. Este hogar se desangra. Tejo el poema con las palabras que dejaste heridas sobre el plato. Palabras inconclusas. Crece la bugambilia sobre una barda demasiado lisa y la luna levanta su grito blanco sobre la  azotea de mi diluvio. Tengo un tigre en la piel. Salgo a buscar las huellas de una ruta trazada en el aire de esta ciudad abierta hacia el abismo. Quiero seguir la trayectoria de tu aroma en el bosque que inicia en la banqueta. Presa tibia tu corazón alado que se aleja de mis armas de fuego. Queda el olor a pólvora y el humo de una rendición que en la cocina de mis besos toma el sabor de la renuncia. Dónde. Dónde las coordenadas para tender la trampa. Qué sino he de invocar, qué aullido, para hacerte salir del escondite sin orillas, de la ausencia.


[Carmen Villoro]

viernes, 7 de junio de 2013


    El lápiz labial oculto en el cilindro espera el momento de encender los labios. Rito de iniciación para la niña que adelanta el tiempo en el espejo, instrumento fiel de la mujer adulta, cómplice de la vejez desmantelada. Signo de elegancia sutil o de febril desorden, según el tono de su sangre, el matiz particular de su ánimo mate o nacarado. En una servilleta, carta, camisa blanca, signa la mujer su territorio de intimidad y poder; guarda en el bolsillo el arma que sólo puede ser desactivada por los besos de un hombre.



Carmen Villoro