Alina no se dio cuenta, siguió horneando sus
panquecitos como todos los días. La mesa tenía
ese florerito con pensamientos,
la harina chisporroteaba por todos lados, los moldes esperaban ansiosos
abrazar los sabores de cada panqué y todo parecía igual que siempre.
El problema empezó esa
media mañana en que después de entregar los panquecitos, éstos comenzaron a
venderse. La gente en la cafetería no
había notado nada al principio, porque la chica que compró el primero y un café, se había sentado afuera pensativa y
verla llorar no había sido una sorpresa, luego todo fue notándose más, porque
la señora Eva que era tan alegre, pidió el tradicional de chocolate con chispas de colores, acostumbraba pedir ese y mientras lo mordía,
platicaba un poco con la boca llena, de lo lindo que estaba el día, de los
planes que tenía para la tarde, etc. y ese medio día mientras el pan entraba a
su boca, ella fue quedándose callada, taciturna, con un aspecto triste.
Los panquecitos se
acabaron –como siempre- el
negocio era un éxito, lástima que a
Alina ese día no le bastaba eso para no sentirse tan infeliz como para
no haber sazonado los panquecitos con tanta melancolía y tanta amargura.
Marcia Trejo (kikey)
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