LAS COMILLAS
Cuando decimos una frase de otro “sacamos sus trapitos al sol”, por eso las comillas se
parecen a las pinzas con las que detenemos la ropa en el alambre del tendedero. Las
comillas detienen por los hombros estas frases que pertenecen al discurso de otro;
tienen que detenerlas porque, si no, se irían, regresarían a donde pertenecen; en
donde estarían más cómodas sin esos ganchitos pellizcándoles el alma; donde podrían
fluir sin detenerse.
Las comillas nos salvan de la locura; nos protegen de la pérdida de identidad. Sin
ellas, confundiríamos a la persona con el personaje y andaríamos por el mundo
repitiendo frases de Moliere, creyendo que surgieron de nuestro ronco pecho. Pensaría
que a mí se me ocurrió esa idea heideggeriena o que usted acuñó por primera vez un
refrán popular. Como quien dice, porque las comillas siempre son “como quien dice”,
creeríamos que descubrimos el hilo negro. Pero las comillas nos regresan a nuestra
mediocre realidad y alivian esa tendencia que tenemos los seres humanos a ser
impostores; las comillas nos permiten, si acaso, impostar la voz y decir la frase con
tono operístico, o simplemente en otro tono, porque está oído que las comillas cambian
el tono musical, así que de alguna manera satisfacen esa necesidad histriónica de
convertirse en otro, pero sin disolver los límites del Yo.
Las comillas son sutiles, maliciosas, irónicas. Salpican por los dos lados de picardía
a la palabra. Con sus deditos juguetones hacen el ademán para que el lector sepa que
eso que se dice no es eso que se dice. O que se dice, sí, pero que existe otro sentido
atrás, que no se dice, y que tal vez es un sentido contrario. O sea que las comillas
hacen presente un discurso secreto. Con sus ganchitos nos indican que esa palabra es
un telón que descorrer, y que detrás está la verdadera.
Carmen Villoro